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Springback Academy es un programa tutelado para futuros escritores de danza en Aerowaves'Festival Primavera Adelante. Estos textos son el resultado de esos talleres.

Tierras Bajas – Roser López Espinosa

Dos personas realizando un movimiento de danza expresivo.

Roser López Espinosa, Tierras Bajas

Una niña y un niño, vestidos con trajes color paloma, bailan en una caja blanca. Intercambian solos y duetos, expresando las diferentes fases de la comunicación emocional entre dos seres. Como dos perdices jóvenes en un entorno protegido, están entusiasmados por explorar sus habilidades y aún tienen una visión muy inmadura del mundo. Pasan los días batiendo las alas, corriendo y dando volteretas. Tropezar o caer puede ser desconcertante, pero tienen suficiente energía para recuperarse rápidamente.

La banda sonora de la actuación es una mezcla de grabaciones estereotipadas de la naturaleza y estimulantes riffs de rock psicodélico. Los primeros bucles musicales evocan a la generación de "The Doors" y me hacen dudar de hasta qué punto estamos hoy preparados para sumergirnos en la búsqueda de algo tan crucial como la libertad. Y, aun así, ¿no es responsabilidad de un artista contemporáneo hacer precisamente eso?

Pájaros en vuelo, aleteando, reuniéndose en bandadas y planeando alto, tórtolas arrullando, pájaros con las alas rotas: estas imágenes y otras más proporcionan el punto de partida para este dúo impecable. Pero al igual que con la banda sonora, la coreografía, aunque bailada con profundidad, se sentía artificial, fabricada como una composición de frases cliché, de "déjà vu", pensada para complacer, pero difícil de creer. Excepto... cuando los bailarines finalmente dejan de bailar y entrelazan los brazos, luchando por formar una cuna humana que nunca funciona del todo; o cuando la música muere, tomamos aire y el zoótropo que ha permanecido desatendido en la esquina gira, haciendo aparecer una hilera de pájaros blancos que vuelan sobre el telón de fondo. Estos momentos dan credibilidad a la actuación al reconocer, brevemente, que en realidad los seres humanos no pueden volar, hacen un lío de sus vidas y solo pueden observar con asombro a aquellas criaturas que realmente pueden surcar el aire sin obstáculos.

Sobre un escenario completamente blanco, dos bailarines, inclinados hacia delante, inician un diálogo de movimientos oscilantes, como de alas, golpeando el aire vigorosamente hacia arriba y hacia abajo.

A medida que los movimientos se amplifican lentamente, el espacio se vuelve más etéreo, lleno de un vuelo fluido y una energía fluida. Los bailarines, deseosos de consumir el espacio y saborear, por un instante, un momento embriagador de levitación, se embarcan en una fluida sucesión de carreras, elevaciones, saltos y volteretas; surge una sensación de ingravidez. Inspirada en las aves, la pieza está marcada sin duda por un esfuerzo constante por cambiar la posición del cuerpo en el espacio, en un esfuerzo —quizás demasiado literal— por despegar.

Aunque arraigada, la danza posee un tono más ligero, incluso ingenuo, simbolizado por el uso de una proyección zootrópica de aves en vuelo. Un intento, quizás, de aligerar nuestra condición humana en las Tierras Bajas: aquella impuesta por la gravedad, que solo el espíritu humano puede compensar.