Al ritmo de las profundas notas de los ritmos electrónicos, dos artistas, una mujer y un hombre, inician una caminata a cámara lenta de un lado a otro del escenario. Sus pasos precisos y su torso firme, esenciales para mantener el equilibrio, se combinan a la perfección con la fluidez de sus brazos. Se curvan y arquean con la resistencia que encontrarían si estuvieran sumergidos en el agua, cuyo sonido goteante se percibe rápidamente. A veces, sus dedos imitan el movimiento ondulante de las algas en el mar, pero también se contraen, como el resto de sus cuerpos, con movimientos microscópicos.
Esta combinación de flujo continuo y aislamiento propio del baile callejero es lo que impresiona inmediatamente. Waterkind, del dúo sueco Land Before Time. Sin embargo, es la intensa mirada de los bailarines y su suave y natural entrelazamiento lo que me impactó profundamente, al revelar la amabilidad que el título podría sugerir.
Marta Buggio
Temprano en WaterkindJoanna Holewa Chrona imita cómo recoge agua con las manos. Luego, al deslizarse entre sus dedos, sus ondas se extienden repentinamente a su cuerpo. Sus brazos se extienden hacia atrás, como un cisne; sus pies empiezan a arrastrarse con pasos delicados y curvos.
El público no es el único que observa cada uno de sus movimientos. Su pareja y cocoreógrafa, Yared Tilahun Cederlund, se arrodilla en silencio, como si la admirara, antes de unirse a ella. A veces, descargas eléctricas rompen la calma superficial de su baile, cada pequeño cambio en su postura es aislado.
El dúo, que también es DJ, se nutre de su experiencia en street dance para lograr esa cautivadora mezcla de articulación y fluidez, con elementos de popping y casi jookin. Sin embargo, a pesar de su precisión sobrenatural, Waterkind Nunca siente frío. Chrona y Cederlund quizá no se toquen mientras se deslizan juntos, pero como corrientes gemelas, están misteriosamente alineadas.
Laura Cappelle
La música resuena como en un club lejano: las ondas de bajos se desvanecen. En tándem, Joanna Holewa Chrona y Yared Tilahun Cederlund alcanzan el centro del escenario: una se hunde, la otra se desplaza a la izquierda. El agua emerge como concepto mientras Holewa Chrona se mueve como si esculpiera corrientes, con la fluidez fluyendo a través de ella.
Más tarde, se une a Tilahun Cederlund en un dueto donde los movimientos se entrelazan sin tocarse, llenando los vacíos del otro. Su fisicalidad pasa de la rigidez a la fluidez tensa y a las suaves ondas. Nada de acrobacias, solo precisión estoica en secuencias de chasquidos y bloqueos.
El vestuario y la música sugieren afrofuturismo: cuerpos animados por electricidad, no por fluidos. Los micromovimientos inconexos evocan máquinas sin gracia, pero el control resulta profundamente satisfactorio. El ritual de unción de Holewa Chrona, aparentemente arraigado en las tradiciones sabar (si se extrapola su investigación y experiencia en danza), infunde una identidad multidimensional a la obra. Incluso la ausencia de tambores se percibe presente.
Mientras las olas inundan el escenario de izquierda a derecha, persiste un recuerdo de ritmo y conexión.
Marco Pronovost


