En este momento de mi vida, estoy aprendiendo a ser crítico de danza. A agudizar mi mirada y mi pluma. A usar mis palabras.
Tuve el privilegio de participar en el Festival Spring Forward como miembro de la Springback AcademyUna semana repleta de encuentros, descubrimientos, aprendizajes y preguntas. Entre ellas, una que me ha acompañado desde entonces: ¿cuál es el poder de las palabras que elegimos?
Parecen inofensivos. Los decimos, vienen y van. Y sin embargo...
Quizás subestimamos cuánto tiempo perduran las palabras entre nosotros.
No olvidemos jamás la responsabilidad que tenemos hacia los artistas: comentar con precisión, con conocimiento de causa, abogar por la excelencia. Recordemos siempre que en nuestras críticas hay un artista con una entrega tierna, un corazón sensible y vulnerable, un alma fuerte que logró llevar su interpretación hasta el escenario. Mostremos gentileza en nuestra honestidad. Que nuestra crítica siga siendo sincera y basada en principios. Son solo palabras, y sin embargo, una palabra descuidada puede llegar mucho más lejos que quien la pronuncia.
No olvidemos jamás la responsabilidad que tenemos hacia nuestras culturas. Nuestras palabras y los juicios que conllevan, con sus prejuicios y costumbres. Recordemos situarnos en el tablero de la crítica, no como observadores neutrales, sino como personas que llegan con sus propias suposiciones y privilegios. Una palabra no tiene el mismo peso según quien la pronuncie; no existe una voz incorpórea. Toda crítica proviene de un cuerpo, una historia, un lenguaje. Es todo un mundo social.
No olvidemos jamás la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos. Para ofrecer críticas, uno debe aceptar saber cómo recibirlas. «Veinte veces, vuelve a poner tu trabajo en el telar: púlelo sin cesar y vuelve a pulirlo; añade a veces, y borra a menudo», como Boileau ¿Qué creamos bajo las limitaciones del tiempo, del sueño, de los recursos limitados? ¿Cuándo debemos tomar la pluma y cuándo debemos dejarla? ¿Ante quién deseamos ser leídos y por qué? Son muchas las preguntas que podemos hacernos.
Las palabras son tanto una cuestión de habilidad como de carácter. Manejar las palabras es una responsabilidad valiosa, importante y trascendental. Escribimos las palabras que perdurarán una vez que la emoción se haya desvanecido. Escribimos palabras que otros leerán en un momento completamente distinto.
El poder de las palabras reside en mirar al presente, en proyectarse hacia el futuro y en hacer eco a través del pasado. Es ser un arquitecto omnipotente, casi todopoderoso, y sin embargo, tan vulnerable.
Bienaventurado aquel que sabe usar las palabras con sabiduría. Porque detrás de cada una de ellas siempre hay algo más que palabras. Y quizás por eso deben manejarse con tanto cuidado.


