Hay seis figuras en el escenario; una familia perfecta. Pero solo una, Ikue Nakagawa, está animada: interpreta el papel de madre, hija y esposa. Las demás son marionetas, con la mirada perdida, impasibles, mientras Nakagawa las coloca diligentemente por el espacio. Crea escenas dirigiendo, moldeando y moviendo a las demás con meticulosidad, persuadiéndolas y cuidándolas.
Su trabajo emocional y físico no es recompensado. Cuando busca apoyo o respuesta en su familia, sus rostros permanecen inexpresivos y ella se siente perdida, terriblemente sola. Cuando su pareja finalmente le da la espalda por completo y le suelta la mano que ella apretaba con fuerza, la suya se tambalea como un pez moribundo, aleteando. Está perdida, con el dolor grabado en su rostro y grabado en su cuerpo.
Este cuidadoso retrato del papel de la mujer en una familia contemporánea revela silenciosamente el sufrimiento y el aislamiento que pueden esconderse bajo el brillo suave de una superficie de aspecto ideal.


