Un hombre yace boca abajo en la parte trasera de la capilla de Les Brigittines, de dimensiones intimidantes. Al principio, solo mueve las manos; luego, lentamente, se incorpora hasta quedar encorvado. Su cabeza cuelga tan baja que durante un buen rato solo vemos la parte posterior de su cráneo, que casi crea una segunda identidad. El movimiento de Guilhem Chatir es urgente, involuntario, mientras finalmente nos revela su rostro. ¿Qué lo impulsa?
Casi podemos oírla antes de que corte el aire: la desgarradora Sarabanda de la Segunda Partita para violín solo de Bach. Como un flotador, Chatir se derrumba y se recupera, abandonando la voluntad de su cuerpo a la música. Más tarde, el conmovedor diálogo continúa hasta La Chacona. Pero cuando finalmente la música se desvanece, se produce la inevitable sobriedad; solo queda una sensación de desorientación tanto para el intérprete como para el público.
Pureza y belleza que rara vez se ven en el escenario de danza en estos días, pero que son cada vez más necesarias.


