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Bailarines borrosos actuando en un escenario iluminado con luz azul rodeados de público.

Los mundos coreográficos de Paula Rosolen

Coreógrafo argentino afincado en Frankfurt que trabaja en la frontera entre la cultura pop y los espacios teatrales.

4 minutos

El público se ve atraído por el azul, el color sin dimensiones, que existe más allá de ellas, según el pintor Yves Klein. Reunidos en el suelo alrededor de una gran alfombra cuadrada azul, inmersos en una luz azul profunda, todos nos convertimos en parte de la actuación. La música misma parece tener un tono azulado. Sin embargo, nuestra atención se centra en el dúo que se desarrolla dentro de ese cuadrado monocromático.

Las bailarinas Piaera Lauritz y Brenda Boote-Bidal son a la vez dos cuerpos y una sola entidad, unidas por sus largos vestidos azules y una cuerda que les cruza el busto. Mientras las melodías de Hildegard von Bingen resuenan en el espacio —evocando los espíritus de mujeres olvidadas o marginadas a lo largo de la historia—, las dos intérpretes se enfrascan en una lucha implacable, juntas y enfrentadas, intentando liberarse, acercarse, convertirse en una sola, permanecer separadas.

Prueba de choque n.º 7 – ICONICA forma parte del proceso en curso 'pruebas de choque'serie que la coreógrafa Paula Rosolen (Aerowaves Artista Twenty26 con RUIDO/RUIDO) se desarrolló aún más durante su residencia de un año en París en el Cité internationale des Arts, como becaria de la Fundación Cultural de Hesse. Esta residencia le permitió profundizar en su exploración de formatos más ligeros y flexibles diseñados para ser mostrados fuera de los espacios teatrales tradicionales en la intersección de la coreografía y las artes visuales, como en aquel día de abril en el Casa Heinrich Heine En París, el desarrollo de estos formatos técnicamente sencillos constituye un gesto tanto artístico como práctico. Por un lado, permite a Rosolen trascender la relación frontal tradicionalmente impuesta por la arquitectura teatral y proponer una interacción espacial diferente con el público. Por otro, ofrece una forma de sortear las limitaciones institucionales y financieras asociadas a las grandes producciones escénicas.

Con sede en Frankfurt, donde fundó su empresa HápticoRosolen estudió danza en la Universidad de Música y Artes Escénicas de Frankfurt y se graduó en el Instituto de Estudios Teatrales Aplicados de Giessen. Allí conoció los principios del teatro documental, que influyeron profundamente en sus inicios artísticos: una rigurosa investigación de campo, un minucioso estudio de archivos y procesos creativos basados ​​en entrevistas.

Su primera pieza en solitario en 2010, La farsa de la búsqueda (La farsa de la búsqueda), dedicada a Renate Schottelius —figura destacada de la danza expresionista alemana en Argentina, país de origen de Rosolen— marcó la culminación de su formación y el surgimiento de su propio lenguaje coreográfico. Con el paso de los años y a través de sucesivas creaciones, fue ampliando gradualmente este lenguaje artístico, alejándose pronto del formato solista para adentrarse en vibrantes piezas grupales impregnadas de cultura pop y la exuberante estética de la década de 1980.

Una atención minuciosa al cuerpo y sus capacidades físicas constituye el núcleo del trabajo de Paula Rosolen, un interés ya claramente presente en ¡Aeróbic! – un ballet en 3 actos (2014), que le valió el primer premio en el Danza Élargie Concurso en el Théâtre de la Ville de París. No hay música: solo el chirrido crudo de las zapatillas sobre el suelo de linóleo y la respiración agitada de los bailarines, que participan en una actuación ininterrumpida de una hora de duración, a medio camino entre el entrenamiento físico, la prueba de resistencia y la danza posmoderna.

La misma fuerza colectiva de energía compartida reaparece en ¡¿Punk?! (2018), una pieza en la que Rosolen aún actuaba en el escenario junto a los bailarines que dirigía. Los cuerpos chocan, explotan y existen a través de una intensidad física cruda apoyada por la música. Una atmósfera radicalmente diferente surgió en 2020 con BanderasCon una puesta en escena aparentemente aséptica que anticipó de forma asombrosa la estética del distanciamiento social propio de la pandemia, que se extendería por todo el mundo ese mismo año, cinco artistas vestidos con monos blancos y con el rostro cubierto por mascarillas se yerguen en el escenario. Parecen peones en un juego a tamaño real, ondeando banderas de distintos colores que evocan países, afiliaciones o códigos.

A lo largo de su obra, Rosolen transita por diferentes atmósferas, épocas y estilos, explorando las huellas e influencias que dejan en los cuerpos individuales y en el cuerpo colectivo que se forma en el escenario. Cada una de sus piezas crea un mundo completo —que abarca la escenografía, la música y el vestuario— unido por un vocabulario físico nítido y articulado, a menudo arraigado en gestos y movimientos deportivos que parecen engañosamente simples pero son sumamente expresivos.

En sus trabajos más recientes, en particular 16 BIT (2022), Rosolen ha adoptado un estilo claramente electrónico, oscilando entre la estética retro y futurista. Esta coreografía, al igual que las anteriores, aborda la sociedad contemporánea desde sus márgenes, a través de subculturas y comunidades impulsadas por un persistente deseo de libertad a través del arte y las experiencias colectivas. Con la hipnotizante y dramática pista '¿Dónde estás?' de 16 BIT En 1986, seis bailarines se desplazan por el escenario. Visten monos brillantes rojos o azules combinados con chaquetas oscuras de hombreras exageradas que les dan un aspecto de jugadores de fútbol americano con estilo disco. Estos trajes enfatizan la dimensión atlética de la coreografía. Los bailarines realizan movimientos dinámicos y directos, firmes y con gran presencia, rindiendo homenaje a la cultura techno y su importancia histórica, especialmente en Estados Unidos y Alemania.

Paula Rosolen crea mundos coreográficos diversos pero coherentes, experimentales pero precisos, que nos dejan con ganas de ver más.